REINO DE LOS VIVOS Y DE LOS MUERTOS

Por: Joan García

El Cementerio Central es uno de los lugares más históricos de la ciudad, en 1957 fue declarado Patrimonio Nacional, en él se encuentran las tumbas de personajes ilustres, familias enteras, mausoleos de sindicatos, empresas y las tumbas de algunos ciudadanos conocidos solo por sus seres queridos. Cualquier persona que entra a este lugar, siente como el frió cala los huesos, el olor a flores es penetrante y, sin querer, el silencio causa un miedo controlable.

Un Cementerio no es solo el lugar de descanso para los muertos, para realizar peticiones a los del más allá, para realizar misas y pedir por los que acaban de partir. También es un lugar que sirve de fuente de trabajo, muchas personas obtienen su sustento gracias a cuidar tumbas, enterrar muertos, ofrecer lápidas para embellecer la nueva morada del ser querido que acaba de partir y hasta para los sacerdotes que ofrecen una misa para rezar por el descanso eterno.

Germán es un celador del Cementerio Central, desde hace tres años su labor se ha limitado a cuidar las tumbas de todos los muertos que descansan en el lugar. Este celador, tiene historias que contar, aunque no precisamente de historias ficticias como las que uno ve en la televisión sobre terror.

Un sábado, eran las 4:30 de la tarde, el cementerio ya había cerrado sus puertas, Carolina Álvarez se acercó hasta donde estaba Germán, le preguntó dónde quedaba la administración, éste le responde que está cerrada. Ella, con un tono más alto y en son de reclamo, le pregunta qué pasó con las flores qué hace menos de tres días se las puso a su familiar recién fallecido. “Señora, las flores se quitan porque cada tres días se fumiga…”, no alcanzó a terminar la frase cuando otra muchacha lo aborda, sus ojos eran un par de llamas encendidas, rojos tal vez por haber llorado durante días, el dolor que reflejaban éstos no le impidió hacer el reclamo, una señora menudita que la acompañaba, tan solo se dedicaba a suprimir su dolor y mover su cabeza en son de aprobación.

Carolina seguía reprochando, había venido desde Ibagué a ponerle flores a su familiar fallecido y se encontraba con que en menos de tres días éstas ya no estaban. Germán siguió dando explicaciones que ellas, en medio de su pena, no entendían: en el cementerio se fumiga cada tres días, por lo tanto las flores hay que quitarlas o se mueren con el veneno, además las flores que venden a la entrada son de muy mala calidad y no duran ni dos días, acarreando esto la llegada de los mosquitos. Las damas, sin mucho consuelo y con un gran descontento salieron del lugar con su dolor más pronunciado, por no haber podido resolver nada.

Con su bicicleta todo-terreno y en compañía de una radio de comunicación, Germán recorre los lugares más remotos del campo santo, apoyado únicamente de un bolillo que le sirve como protección contra los vivos, pues los muertos no hacen daño.

El frío se desliza por debajo de la ropa como si tuviese vida propia, haciendo estremecer los cuerpos de los pocos vivos que hay en este lugar. En las noches sin luna, los árboles lloran como si fuese el llanto de un bebe; quizás hayan abandonado a un niño, creen los vigilantes de este lugar mientras persiguen el llanto. Al llegar al lugar donde nace el sonido y ver que no hay nada le atribuye a las almas en pena el origen de ese llanto macabro, muchos de los celadores que aceptan cuidar a los muertos ni siquiera vuelven a trabajar.

A Germán lo asustan los vivos, algunas noches, sobretodo, donde impera la oscuridad, se escuchan ruidos de martillos, golpes suaves pero certeros, son propinados por estos modernos profanadores de tumbas, esos que buscan las tumbas más frescas, los recién enterrados para obtener sus beneficios: huesos para algún maleficio, cabellos, pedazos de uña o simplemente para robar las pertenencias de valor de los muertos más pudientes o de esos muertos que, como última voluntad, quisieron llevarse algo de valor a su última morada.

Este hombre, con su traje negro, una franja amarilla, en la espalda lleva el nombre de la empresa de vigilancia contratada para realizar el servicio del cuidado de las tumbas; desde niño le temió a la oscuridad, su mamá lo castigaba dejándolo solo en una habitación con la promesa de que si no se portaba bien llamaría al “coco”.

Estos extraños delincuentes sí son de temer, dice Germán. La amenaza o la posibilidad de ver un “coco”, de encontrarse con un alma, de sentir el frío de un muerto que se acerca no se compara con esta negra realidad, con esta cruel actividad que da más que miedo, que aterra por provenir de personas que no tienen escrúpulos, de personas que no respetan la dignidad del que estuvo aquí y se fue, del que, creamos o no en Dios, está en realidad descansando.

Son más de las 4:40, el Cementerio Central está en un silencio sepulcral, ¿podría ser el silencio de otra manera en un cementerio?, los visitantes se han marchado dejando sus recuerdos, sus lágrimas y sus flores. El cementerio se queda sin vivos pero con la intimidad de los muertos, de esos seres en sus casas sepulcrales, casi todas igualitas, casi todas del mismo tamaño, pero en la intimidad de los que saben que se encuentran seguros, seguridad que se desvanece así como la misma luz ante la venida de la capa negra de la noche.

Germán señala la tumba de su abuelita y recuerda ese día. Quizá por el cansancio de una larga jornada vio algo extraño que se acercaba desde lejos. Era su abuelita, la cual había fallecido años atrás. ¿Fue real, fue un sueño, una ilusión, un anhelo? Germán no lo sabe pero sí siente que, si fuera real, los muertos serían una grata compañía, más aún en su lugar de trabajo; si fuera un sueño, nunca le hubiera gustado despertar. Desde aquel día Germán se siente seguro, confirmó que los muertos le pueden ayudar, lo pueden proteger y él se siente así en el Cementerio Central.